lunes, 2 de noviembre de 2009

Memoria y política a treinta años del golpe

“Memoria y Política a treinta años del golpe”[1]
Comentarios a un texto de Nora Rabotnikof
[2]
El texto que expongo a continuación resulta empíricamente ilustrativo para este curso de Memoria e Identidad[3], que tiene entre sus temas centrales la discusión sobre algunas experiencias de reconstrucción histórica y política de pasados recientes de violencia nacional. Precisamente, el objetivo del artículo de la profesora Rabotnikof, es presentar un panorama sintético sobre el recuerdo, la historización y la interpretación del pasado de violencia reciente en Argentina, un país que luego de treinta años del golpe militar del 24 de marzo de 1976, sigue haciendo de las memorias de su pasado, uno de los principales ejes del debate en el espacio público. Un pasado que, según reconoce la autora, puede resultar para muchas biografías personales toda una “excursión a un pasado – pasado”, pero para la memoria colectiva de un país es un “pasado que no termina de pasar” (2007: 259). Lo interesante para nuestros intereses, es que en el texto, lo autobiográfico y lo colectivo, se encuentran dinámicamente en función de la tramitación de unas huellas de violencia que, a diferencia de lo que pensarían muchos, siguen abiertas y en efervescencia para este país.[4]

Ahora bien, dos conceptos articulan el texto de la profesora Rabotnikof: memorias de la política y políticas de la memoria. De entrada sería interesante reconocer que los dos resultan útiles para nosotros, en cuanto caja de herramientas, para analizar en escenarios nacionales distintos al argentino los procesos de tramitación y usos políticos de los pasados recientes. El primer concepto, según la autora, está ligado a “todas aquellas formas y narraciones a través de las cuales los “fueron contemporáneos de un periodo (aunque no solo ellos) construyen el recuerdo de ese pasado político, narran sus experiencias y articulan, de manera polémica, pasado, presente y futuro” (2007: 260). El segundo concepto comprende “las formas de gestionar o de lidiar con ese pasado, a través de medidas de justicia retroactiva, juicios históricos –políticos, instauración de conmemoraciones, fechas y lugares, apropiaciones simbólicas de distinto tipo” (2007: 261).

Con el primer concepto nos enfrentamos a las narrativas presentes en la construcción del pasado, con el segundo a los procesos políticos de tramitación. Lo interesante es que ambas dimensiones, la narrativa y la política, tienen un lugar común de despliegue: los espacios públicos. Ambas dimensiones también permiten comprender que la memoria es un “territorio esencialmente político”. Territorio, que según dice el historiador colombiano Gonzalo Sánchez, no lo es sólo por “su relación con los usos del poder, ´la memoria nacional´, sino por su relación con los grupos sociales, ´la memoria colectiva´”[5]. En este texto, lo autobiográfico, lo nacional y lo colectivo se descubren entonces como dimensiones de la construcción de un pasado.

La autora trata de desarrollar y poner en juego dos grandes intuiciones en relación con esas dos nociones. La primera, es que las memorias de la política y las políticas de la memoria han sufrido transformaciones en distintos presentes políticos durante estos treinta años en Argentina. La segunda, es que la reivindicación de la memoria, desde diversos agentes y motores memoriales, no siempre incorporó una reflexión aguda sobre los mecanismos, las trampas y las paradojas que ella acarrea. Aunque la autora reconoce que desde hace un tiempo para acá las cosas comienzan a cambiar en Argentina, quizá por la influencia que tiene el clima cultural generado por el boom memorialístico europeo de los años ochenta. De forma recurrente, Argentina comienza entonces a fijar su mirada, desde sus analistas, actores sociales y gobiernos, en “los usos del pasado, las distintas formas de narrarlo y las diferentes ofertas de sentido” (2007: 264). Sin embargo, también esa “aproximación más reflexiva a la memoria” expresa los rasgos presentistas de la memoria, y de esa “era conmemorativa”, que hiperfuncionaliza ciertos pasados en función de ciertos presentes[6].

Precisamente, una de las labores de la autora, que asume el reto de volver sobre las huellas memoriales de una violencia que afectó su biografía y el contexto nacional, es desentrañar las múltiples facetas y dimensiones de ese pasado –pasado y/o pasado – reciente. En ese camino, es consciente que para algunos un escenario como el argentino, resulta ya “saturado de memoria”; para otros en cambio, el pasado es “recuperado y ampliado” en función de nuevas generaciones de luchadores (Hijos o Hermanos), y quizá para los viejos motores de la memoria en este país (Madres y Abuelas), sea indispensable seguir reabriendo los debates que quedaron inconclusos.

Quisiera, no obstante, pese a la riqueza de temáticas del texto, destacar en este breve comentario del artículo de la profesora Rabotnikof, tres momentos institucionales de la historia argentina reciente, donde pueden colocarse en juego el contenido mismo de esas intuiciones: el período del gobierno de Alfonsín y la emisión del informe Nunca Más; los gobiernos de Menem; y los inicios del gobierno de Kirchner. Los traigo a colación, dado que si bien no son los únicos “espacios de juego” de las memorias de un país – recordemos que ellas siempre son campo de lucha, donde muchos agentes, capitales y representaciones están en disputa y litigio- resultan siendo coyunturas políticas y escenarios institucionales de poder político singulares y definitivos para una nación. Comprenderlos en este seminario, permitirá reconocer las maneras cómo una nación recupera e instrumentaliza con cierto grado de hegemonía y desde determinados agentes gubernamentales, los usos y las resignificaciones del pasado.

El gobierno de Raúl Alfonsín (1983 – 1989), que es el primer gobierno de la transición, aparece como el encuadre institucional de restauración del estado de derecho, tras largos y sombríos años de “mal radical”[7]. Es un momento propicio para la recuperación de una memoria política que sirva a los fines de la transición. El pasado recuperado se articula a un ideario de reconciliación nacional y a una especie de orden de discurso centrado en la retórica de los derechos humanos que en el marco de una justicia transicional, haga posible una verdad de lo ocurrido “socialmente aceptable”, y que se corresponda con el grado de evidencia disponible. En palabras de la autora, es el momento en el que comienza a elaborarse una “oferta de sentido que combine dosis de memoria y olvido respecto del pasado reciente, que sea plausible socialmente [….] que atribuya responsabilidades sin profundizar divisiones que impliquen costosos riesgos políticos” (2007: 267).

Un papel importante en ese período y en esa lógica transicional, lo van a jugar tanto el informe Nunca Más como “el juicio del siglo” a las juntas militares entre abril y diciembre de 1985. Ambos terminan catapultando un “escenario del primer relato testimonial colectivo que reconstruyó públicamente la escena del horror”[8]. Con ellos aparece en escena una memoria política emblemática que es ante todo una memoria ciudadana que recupera y denuncia literalmente un pasado cruento de la represión militar, visibiliza la tipología de actos de crueldad, los centros clandestinos de detención y abre paso a los procesos judiciales de los militares. No hay sin embargo en este pasado recuperado, una intención de historización de lo ocurrido (posiblemente esto si fue la intención de otros informes de comisiones, estoy pensando en la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala – 1997), sino ante todo la lógica de transición y reconciliación. Si bien, se trata de hacer visible la escena del horror, lo que se pretende en últimas es rápidamente transitar hacia una visión normativa de democracia que sirva a los intereses de la nación alfonsinista. Ahora bien, en este contexto, la autora va a mencionar como clave dos asuntos que quisiera también destacar aquí por su importancia en la forma de narrar y tramitar el pasado. El peso del testimonio de las víctimas y sobrevivientes; y cierta narrativa transicional ligada a la denominada teoría de los dos demonios.

Ahora bien, si hay un país de Latinoamérica donde los testimonios de las víctimas y sobrevivientes, se transforman en el insumo básico de la memoria, ese es Argentina. Son claves además no sólo por el dramatismo y dolor que transmiten a una nación que necesita saber públicamente que ocurrió durante los años de terror, sino porque ante todo “revelan su capacidad privilegiada como vehículos de la memoria” (2007: 268). El asunto es que estos testimonios recuperados, son instrumentalizados políticamente durante este período. Cuando se reproducen en el informe Nunca Más, aparecen desubjetivando a la víctima de su pasado político de militancia y de su identidad revolucionaria, para presentarlos como testimonios de un dolor ciudadano, de un dolor nacional que es el experimentado por toda la nación argentina, a través de las figuras del obrero, del profesor, del oficinista, del hijo, del estudiante, del esposo, del hermano desaparecido, torturado, asesinado. Esto, desde luego, no es solo particular del informe final del Nunca Más, donde parece más evidente, sino también de los discursos de la transición en general (Crenzel, 2008). De todas formas, para Rabotnikof, esta victima protagonista en este período, “aparece por primera vez con una identidad moral en el marco de los derechos humanos y esto ya significa un primer reconocimiento a la restitución de sus derechos” (Rabotnikof, 2007: 268).

No obstante, la desubjetivación oficial de la beligerancia y de la militancia de las víctimas, revela en el escenario argentino una confrontación con ciertos motores de la memoria qué entienden y conciben los ejercicios memoriales también de otro modo; no solo a nivel de ejercicios de memoria ciudadana, centrados en narrativas de dolor y reivindicación humanitaria, sino también en espacios de resistencia y de lucha contra el olvido. Precisamente, esta es la bandera de lucha de asociaciones como las de Madres de Plaza de Mayo y de HIJOS[9]. Su lucha estará orientada desde los años ochenta y noventa a visibilizar menos la condición de víctima ciudadana, y más la condición de militancia de los desaparecidos, incluso, frente al ocultamiento político que se hizo o pretendió hacer de ellas en sus inicios; o frente a la normalización que buscaron ciertos colectivos de derechos humanos.

Posiblemente para algunos, el efecto que tuvo el despojo a la víctima de su pasado militante y revolucionario, fue alivianar al pasado traumático de este país y garantizar la transición rápida al Nunca Más. Para otros, fue simplemente un olvido impuesto y manufacturado oficialmente, sobre una parte de la verdad de la historia política argentina. Lo interesante aquí, es que esa recuperación de la membrecía política de las víctimas arroja preguntas válidas hasta el día de hoy, sobre un pasado que no acaba de cerrar para los argentinos: ¿permitió en su momento un tránsito más liviano a la democracia y al ideario de “unidad nacional”?, ¿evitó intencionalmente la discusión sobre la politicidad de las memorias y de sus protagonistas? , ¿por qué ahora, y no antes, especialmente en la era Kirchner, se pretende recuperar parte de ese pasado militante?

Pero, además del papel del testimonio como vehículo de la memoria, emerge una discusión en este escenario nacional de la narrativa transicional de los dos demonios. Esta teoría aparece consignada desde el primer prólogo del Nunca Más (1984)[10]. Básicamente, es una lectura oficial que equipara las violencias de la guerrilla y las del Estado y propende por reivindicar la condición de la sociedad argentina como un “nosotros” víctima inocente. Esta visión tiene el efecto de generar un “recorte” intencional” en el campo del recuerdo, ya que sólo entra en él, todo aquello que estaba delimitado por estos dos demonios. Para Rabotnikof, la consecuencia directa de esta edición temporal, es que aparentemente no hubo otras memorias - las de otros pasados más lejanos - que aquellas que estaban tipificadas en esa narrativa transicional. De otra parte, podría leerse esta teoría en función del momento histórico que vivía Argentina, que buscó con ella una justicia simétrica que condenara por igual la violencia de cualquier signo y garantice la reconciliación de toda la sociedad. Sin embargo, lo cierto es que hasta el día de hoy esa teoría ha dejado su huella en el curso que tomaron las memorias políticas de la represión en Argentina y también en otros países.

De hecho, me parece que ha ido ganando terreno en Colombia, cuando desde ciertas posturas oficiales, se pretende equiparar y justificar al mismo nivel la violencia paramilitar con la guerrillera, situando a toda la sociedad (dentro de ella se sitúa sospechosamente a los empresarios, a los políticos, a los gremios) en una zona de victimismo y vulnerabilidad absoluta. Siguiendo aquí, al historiador guatemalteco Arturo Taracena, esta teoría funcionaría a nivel de un gran sándwich donde actores como la oligarquía, los partidos políticos institucionales, las iglesias, los intelectuales, las universidades, las gremiales, los sindicatos, los campesinos, los indígenas, etcétera, estuvieron atrapados en medio de la brutalidad bélica de dos grandes actores, el ejército y la guerrilla[11]. Desconociendo con ello las responsabilidades y asimetrías en el uso y abuso del poder de distintos actores y sectores.

En cuanto a las dos presidencias de Carlos Menem (1989 – 1999), la autora considera que lo que allí operó en términos de políticas de la memoria fue “una gran fuga hacia delante” (2007: 273). Es decir, amparado en la retórica ya no de la transición alfonsinista, sino de la “pacificación del país”, a raíz de los levantamientos de los militares (1987, 1988 y 1990) por las denominadas leyes de punto final y obediencia debida, y con la crisis de hiperinflación económica, el gobierno de Menem hace uso del discurso memorial para legitimar la necesidad “del cierre legal” con la cuestión militar. Si con el gobierno de Alfonsín se pretendió soportar el discurso de la transición sobre la recuperación de un cierto pasado funcional, con los dos gobiernos de Menem, se buscó en esencia clausurar rápidamente ese pasado, desplegando la atención nacional hacia otros terrenos, especialmente el económico. El asunto problemático aquí, es que se operó desde decisiones personalistas, y no como parte de discusiones ciudadanas sobre la tramitación del pasado. El indulto en 1989 a 277 acusados, la mayoría militares y algunos guerrilleros[12] fue la mejor expresión de ese cierre con el pasado. Sin embargo, Menem en esto jugó políticamente de dos maneras. Pretendió cerrar el pasado militar, con los indultos incluso a los miembros de las juntas militares, pero quiso ser ejemplar frente a todo aquel que se quisiera levantar después, castigando severamente a los protagonistas del levantamiento de 1987.

Sin embargo, este gobierno no previó que con ese cierre no se podían ahogar las distintas capas memoriales que se venían superponiendo lentamente en el país. La clausura legal de la cuestión militar lo que hizo fue reabrir nuevos escenarios de lucha memorial. Para algunas interpretaciones, como la de Jelin, los indultos de Menem van a significar un golpe fuerte para el movimiento de derechos humanos[13]. Para Rabotnikof, dicha “clausura legal de la cuestión militar en Argentina [produjo] transformaciones en las políticas de la memoria de los diversos actores y, puede decirse, en las formas de ejercicio de la memoria colectiva” (2007: 274). Precisamente, a partir de los años noventa, lo que se experimenta en este país, es una especie de tránsito de la “denuncia y la demanda de justicia a la recordación y la función didáctica de la memoria” (Lorenz, 2002: 80). Las memorias emblemáticas dejan de ser solo escenarios y depósitos de denuncia de los activistas y se convierten también en lugares de debate público para grandes sectores de la sociedad. Con este nuevo escenario no es extraño entonces que emerjan unas memorias políticas ligadas al rescate de la subjetividad política de las víctimas y de los sobrevivientes, y se geste una especie de recuperación política y terapéutica del pasado.

Finalmente, se asiste con el gobierno de Néstor Kirchner (2003 – 2007), al menos en sus inicios, a una especie de auge de un pasado emblemático que se debe conmemorar y celebrar, además de recuperar desde la subjetividad de las víctimas. Si bien, este proceso ya había comenzado como una consecuencia inesperada, a propósito del cierre legal de la cuestión militar auspiciada por Menem, encuentra en Kirchner su principal detonante. Uno de los episodios que mejor permite explicar esto, lo encontramos en la celebración que el recién electo presidente adelanta el 24 de marzo de 2004 en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a 28 años del golpe militar. Esta fecha bastante disputada en Argentina como señala Lorenz (2002), adquiere una connotación significativa en 2004, dado el protagonismo ocupado por los y las sobrevivientes de la ESMA, ahora convertida en museo de la memoria luego de ser uno de los principales centros de detención durante el gobierno de las juntas militares.

En ese escenario de conmemoración, Kirchner aparece reivindicando su pertenencia a la generación de los setenta, y junto a él, las Madres, hermanos, HIJOS, y el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Desde la lectura de Rabotnikof, este gesto presidencial “resignifica los años setenta y da una identidad política a la generación por él representada” (2007: 279). Para otros como Jelin (2006) Lo significativo es que en este escenario se asume como una especie de destino político manifiesto de un presidente (como nunca había ocurrido en la historia argentina) un pasado no debidamente tramitado o no debidamente reconocido. Kirchner funge entonces como la figura pública que rescata el rol importante de nuevas generaciones de luchadores y mantenedores de las memorias como HIJOS y HERMANOS.

Aparentemente, antes que desplazar las memorias ciudadanas de las madres y abuelas de la Plaza de Mayo, lo que hacen estas memorias es ampliar, matizar, o llegado el caso cuestionar las zonas grises de las viejas memorias. Sin embargo, este tema amerita más discusión que resultaría excesiva para esta exposición. Por ahora solo diré que al día de hoy, Argentina parece pasar por un efecto de recuperación de memorias vivas pero bastante divididas y fragmentarias. Y esto se lleva a cabo dentro de “boom conmemorativo”, que es interpretado de diversas maneras. Para algunos es expresión de que quizá no existe todavía un exceso memorial sino más bien déficit; para otros, esté significando que “ya se tiene suficiente memoria y lo que habría que hacer es empezar a hacer historia” (2007: 282). El debate aún continúa aquí.

Quisiera cerrar este texto, manifestando que el camino de aprendizajes desde la experiencia argentina, es largo aún pero promisorio para nuestro país. Este texto nos ha permitido entrever en ese sentido, ¿cómo? es que los gobiernos recuperan cierto pasado de violencia de una nación, y en función ¿de qué? apuestas políticas lo hacen en sus presentes. Esto es vital entenderlo, especialmente cuando desde el oficialismo uribista se pretende de manera cuestionable situar la recuperación de la memoria en función de garantizar procesos de justicia y paz sólo con algunas víctimas y no con todas las que ha dejado la guerra en este país. Y cuando se pretende subordinar la reparación y la verdad de las víctimas a la desmovilización y reintegración de los victimarios.

De todas formas, para no forzar las cosas es necesario reconocer que el caso colombiano, es a todas leguas distinto del argentino, recordemos que hablamos de un contexto donde no hay transición y se quiere imponer justicia transicional en medio de la guerra, y otro, donde hubo una transición por derrumbamiento de la dictadura. Sin embargo, podría ser útil recoger la experiencia y los acumulados ganados en ese país, en materia de cómo contrarrestar el efecto del oficialismo de querer manufacturar ciertos consensos en torno a la tramitación de sus pasados. Aquí las organizaciones de víctimas deberían jugar un papel crucial como motoras y mantenedoras d la memoria. Especialmente en un contexto donde el gobierno ofrece a los victimarios penas irrisorias por sus delitos y donde se pide perdón público a las víctimas y se promete reconciliación nacional entre víctimas y victimarios casi que al mismo nivel, sin reconocer primariamente las culpas históricas que le atañen al Estado como uno de los mayores perpetradores de crímenes[14].

Intuyo por ahora, que en un proceso de justicia y paz como el que actualmente se adelanta, en el que, por una parte, se pretenda “reconciliar a una nación” sin una historización seria de las causas y consecuencias del conflicto y, por otra, se niegue el reconocimiento a las víctimas que el mismo ha generado, y por ende la dimensión política de sus luchas, excluyéndolas de “las memorias del conflicto”, estaría de antemano condenado a parcializar la historia nacional y negar gran parte de las memorias ciudadanas. Este no ha sido el caso argentino, pero es definitivamente uno de los asuntos centrales a resolver hoy en Colombia.


[1] Se encuentra publicado en Clara E. Lida, Horacio Crespo y Pablo Yankelevich (comp.) 2007. Argentina, 1976. Estudios en torno al golpe de Estado. México: El Colegio de México; p. p 260 – 261..
[2] La autora es nacida en Argentina y ciudadana Mexicana. Es investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
[3] Este artículo se expuso y se comentó en el seminario de Memoria e Identidad, coordinado por la Dra. Eugenia Allier, en la sesión de octubre 30 de 2009, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México
[4] De hecho el pasado nunca acaba de cerrar por más proyectos oficiales y no oficiales de justicia retrospectiva que existan, o por más ejercicios sociales y políticos de memoria que emprendan los gobiernos, las organizaciones de víctimas o los colectivos de derechos humanos. Como han reconocido algunas autoras, “no hay un ningún ´cierre´ definitivo, como indica el continuo y constantemente renovado debate sobre el Holocausto”. Cfr. Alexandra Barahona de Brito, Paloma Aguilar Fernández y Carmen González Enríquez (eds.). 2002. Las políticas hacia el pasado. Juicios, depuraciones, perdón y olvido en las nuevas democracias. Madrid: Istmo; p. 66.
[5] Cfr. Sánchez, Gonzalo. 2003. Guerras, memoria e historia. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ICANH; p. 89
[6] Esta discusión se puede ampliar en otro texto de la autora, Rabotnikof, N. 2007. ¿Una memoria presentista? (Acerca de una tesis de Francois Hartog). En Aguilez Ibargüen, María y Naldman, Gilder (coord). Memorias incógnitas. Contiendas en la historia. México: UNAM.
[7] La lectura que se hizo de la dictadura desde filósofos como Carlos Nino, influido por su lectura de Hannah Arendt. Cfr. Nino, Carlos (1997): “El castigo como respuesta a las violaciones a los derechos humanos. Una perspectiva global" en Juicio al mal absoluto. Los fundamentos y la historia del juicio a las juntas del proceso. Buenos Aires: Emecé, pp. 17-75.

[8] Crenzel. E. 2003. “El testimonio en una memoria ciudadana: el informe Nunca más” Revista de Estudios Avanzados, Buenos Aires; p. 78. Esta discusión se amplía en Crenzel, E. 2008. La Historia Política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.
[9]Agrupación Hijos por la Identidad y la Justicia contra el olvido y el silencio, fundada hace más de 13 años en Argentina y que ha sido replicada en muchos países de América Latina.
[10] Según Crenzel, “en 2006 la editorial Eudeba volvería a publicar una nueva edición del informe, de 3000 ejemplares, donde se presenta la reincorporación actualizada de los anexos con las listas de desaparecidos y centros clandestinos registrados, y la edición de un nuevo prólogo firmado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación” (Crenzel, 2008: 174). Con este prólogo se quería exponer una lectura diferente de este pasado, sobre todo como parte de una nueva apuesta política del gobierno de Kirchner con las memorias militantes; sin embargo, para Crenzel, se termina recayendo también en una falta de historización del pasado de violencia política y horror que atravesó el país antes y durante la dictadura.
[11] Cfr. Taracena Arriola, Arturo. 2007. “La experiencia de un historiador en la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala” en Anne Pérotin-Dumon (coordinadora). Historizar el pasado vivo en América Latina. Disponible en: http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php.Consultado 12 de junio de 2009.
[12] Cfr. Rabotnikof (2007); pero también Lorenz, Federico Guillermo. 2002. “¿De quién es el 24 de Marzo? Las luchas por la memoria del golpe de 1976”; Jelin, E (comp.) Las conmemoraciones: las disputas en las fechas “in-felices” Madrid: Siglo XXI; pp. 53 – 100.
[13] Cfr. Jelin, Elizabeth. 2005. “Los derechos humanos entre el Estado y la sociedad” en Suriano, Juan (dirección del tomo). Nueva Historia Argentina. Dictadura y Democracia (1976 – 2001). Buenos Aires: Sudamericana
[14] La discusión sobre la naturaleza del perdón, es decir si este debe ser condicionado o no; o si es posible o no que éste exista; o hasta qué punto debe o no ser instrumento político de los Estados; o si es o no atribución única de los individuos, excede nuestros intereses en este texto. Sin embargo, la lectura que hace el filósofo francés, Jacques Derrida, podría ser útil al respecto. Cfr. El siglo y el perdón. 2003. Entrevista con Michel Wieviorka. Traducción de Mirta Segoviano en El siglo y el perdón seguida de Fe y saber. Buenos Aires, Ediciones de la Flor; p. 7 – 39.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

De las "etnografía del dolor" a las "pedagogías del dolor"

De las "etnografías del dolor" a las "pedagogías del dolor"
jefferson.jaramillo@flacso.edu.mx

Cualquier nación que pretenda sanar las heridas de la guerra y buscar mínimos de confianza y reconciliación entre los afectados, deberá apostar -en el mediano y largo plazo- por procesos transparentes de verdad histórica y judicial, reconstrucción plural de las memorias de sus violencias y reparación integral con las víctimas. Colombia “aparentemente” está avanzando, con aciertos y desaciertos en ese camino con el laboratorio denominado Justicia y Paz, que desde 2005 hasta hoy, es liderado y defendido por el gobierno de Uribe Vélez. No me concentraré en este texto en los avances, ni tampoco en las enormes dificultades, limitaciones y reservas que tiene esta iniciativa para muchos sectores, tanto en la desmovilización de las estructuras paramilitares y guerrilleras como en los procesos de justicia, verdad y reparación para todas las víctimas del conflicto. Hay algunos balances recientes y bien documentados, que ofrecen una visión del mismo desde diversos ángulos y ponderaciones políticas.[1]

Quiero enfocarme eso sí en la reconstrucción de las memorias del conflicto que Justicia y Paz está implicando. En particular, quisiera destacar la singularidad de la experiencia reconstructiva memorial en la que actualmente se avanza para las víctimas y el país, la cual expresa, siguiendo al historiador Gonzalo Sánchez, un tránsito de unas etnografías del dolor a unas pedagogías del dolor[2]. Dos informes de memoria recientes que se han publicado en el país, dan cuenta de ello: Trujillo[3] y El Salado. En su elaboración ha sido determinante el GMH (Grupo de Memoria Histórica[4]) organismo adscrito a la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR). Este grupo tiene la misión de reconstruir globalmente el origen y evolución del conflicto armado interno en los últimos 40 años, en particular, la memoria histórica de todos aquellos hechos derivados de los actos cometidos por los grupos armados ilegales. Para ello, está utilizando una metodología especial denominada “casos emblemáticos” capaces “de ilustrar procesos y tendencias de la violencia” entre 1964 y 2005. Se busca con estos casos al menos dos cosas: a. Explicar causalidades de la violencia, discursos y representaciones de las víctimas y los perpetradores; b. Recoger e integrar memorias aisladas sobre los hechos sucedidos, las cuales al final se articularán a un “relato global interpretativo” bajo la figura de un informe público que condense los informes parciales producidos. Para su selección, se están contemplando varios criterios: la “voz autorizada del especialista”; el “grado de sistematicidad, voracidad y dolor” de ciertos eventos históricos; y las condenas de organismos como las proferidas por organismos como la Corte Interamericana de Derechos.

El informe de Trujillo, publicado en el 2008 por el GMH, avanza como lo habían exigido las organizaciones de víctimas, en el reconocimiento oficial de que en esa zona y en los municipios aledaños, lo ocurrido entre 1986 y 1994 fue parte de unas “masacres” sistemáticas y deliberadas en las que murieron 342 mujeres y hombres entre 25 y 29 años, en su mayoría campesinos, líderes políticos y religiosos, los cuales fueron torturados (as), desaparecieron y fueron asesinados (as), mediante un proceso de eliminación “contrainsurgente”. En el informe de El Salado, publicado no hace más de dos semanas, se relata la sangrienta escalada de eventos de violencia masiva perpetrados por 450 paramilitares entre el 16 y el 21 de febrero de 2000, en el corregimiento de El Salado del municipio de El Carmen de Bolívar en la región conocida más comúnmente como los Montes de María. La investigación que adelantó el GMH identificó un total de 60 víctimas fatales, 52 hombres y 8 mujeres, entre los cuales había menores, jóvenes, adultos jóvenes y adultos mayores. La gran mayoría de las víctimas eran trabajadores rurales.

Ahora bien, ¿qué tienen de singulares estos dos informes, además de ser exposiciones de los hechos de crueldad ocurridos en esas zonas? En primer lugar, la forma como se nombra un pasado de terror, un pasado “literal”, ligado a una etnografía del dolor, a una descripción densa de evidencias y testimonios que permite detallar que allí hubo masacres y no solamente “hechos violentos” o “excesos” de los grupos armados ilegales o del Estado. Además la admisión de que existió participación directa y con nombres específicos, de miembros de grupos paramilitares, de narcotraficantes y, llegado el caso, del personal del ejército colombiano. También ha sido importante evidenciar que los perpetradores de dichas masacres fueron especialistas y profesionales en su oficio y que en esas zonas, unas veces en espacios privados y otros en espacios públicos, se aprendieron a legitimar herramientas de tortura y muerte como la “motosierra”, las “escuelas de descuartizamiento” y ciertos juegos macabros con los cuerpos como el “empalamiento” de mujeres. A esto se agrega el trazo de una ruta de terror por “escuadrones de muerte” durante varios días, como en el caso de El Salado, y de varios años, como en el caso de Trujillo, en un drama macabro que evidenció la impotencia de las víctimas y la impunidad de sus verdugos.

En segundo lugar, la manera como se pluralizan, se cruzan, se superponen las distintas memorias y voces de un mismo acontecimiento. Aquí destaco por ejemplo, como los informes dan cuenta de múltiples interpretaciones de los hechos y las múltiples memorias de los actores, que terminan siendo memorias de denuncia, memorias de resistencia, bajo la forma de iniciativas contra el olvido lideradas por mujeres o jóvenes y también las memorias victimizadoras, que como en el caso de El Salado, pretendieron legitimar lo ocurrido allí como parte de un “operativo militar” o “un combate” normal entre grupos armados. En tercer lugar, el tránsito que dichos informes permiten, o al menos abren, desde la descripción de un pasado literal hacia unas memorias ejemplares, hacia unos espacios pedagógicos de lo ocurrido que permitan ante el país, la dignificación futura de la víctima, la responsabilización histórica y en lo posible judicial de los victimarios, pero también la recuperación y lucha personal y moral del sobreviviente y de sus familiares. Los sobrevivientes y familiares de las víctimas van a ser fundamentales aquí en su rol como mantenedores y motores de la memoria. Sus testimonios, sus luchas, sus experiencias, las acciones legales que van a emprender contra los perpetradores llegan a convertirse en dispositivos de resistencia al olvido. Y lo son en varios niveles. Un primer nivel es el de la denuncia reiterada de los hechos pese a la amenaza y el terror permanente. Esta denuncia llevará también a que estas masacres sistemáticas se conviertan en un escenario legítimo de disputa y controversia hasta la actualidad, entre las organizaciones de víctimas y el Estado[5]; pero este escenario es sano mientras sea absolutamente deliberativo. Un segundo nivel es el de los procesos organizativos locales que permite entrever que la memoria debe ser defendida desde espacios de resistencia organizativa comunitarios. Un tercer nivel está relacionado con la movilización local y global que ha llevado a que muchos familiares hagan notar su caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Finalmente, un cuarto nivel tiene que ver con el tránsito de una memoria ligada al duelo a una memoria ligada al derecho a la resistencia al olvido. Y aquí el protagonismo lo están asumiendo las mujeres, a través de la visibilización de las memorias de sus esposos e hijos, con la finalidad de dignificar el futuro de ellas y de sus familias.[6]

Finalmente, con estos informes se asume que en la reconstrucción del pasado en un país de pasados recientes de violencias diversas y poliformes, no se puede “cuantificar” el dolor, ni pretender utilizar guarismos para dar cuenta de cuánto o cuántos han sufrido las víctimas, o cuánto han hecho sufrir los perpetradores. En ese sentido, los informes detallan lo que sucedió (historia), y lo hacen con rigor metodológico; pero lo que importa en el fondo es cómo la gente narra lo que sucedió y por qué lo sigue narrando de diversas maneras (memorias) incluso dando cuenta que existen tensiones y disputas, hasta el día de hoy, entre distintos “mantenedores de la memoria”. En ese sentido, es un avance para la reconstrucción de la memoria histórica en el país, que el GMH no preste tanta atención al caso en sí, como a la forma en que éste se articula a una historia regional y local de sujetos que sobrevivieron al dolor y que siguen siendo narradores y reconstructores, así sean disidentes de las versiones oficialistas de la memoria, como es el caso de las mujeres, los jóvenes. Además, a través de los casos de Trujillo y El Salado se hace valer que la reconstrucción memorial es un proceso descentrado, donde lo local y lo regional sobresale, ya que la memoria del conflicto no puede ser concentrada en un solo lugar del país, ni en un solo escenario de narración y enunciación.

[1] Rangel, Alfredo (editor). 2009a Justicia y Paz. ¿Cuál es el precio que debemos pagar? Bogotá: Fundación Seguridad y Democracia/Intermedio Editores; Catalina Díaz Gómez, Nelson Camilo Sánchez y Rodrigo Uprimny Yepes (editores). Reparar en Colombia: los dilemas en contextos de conflicto, pobreza y exclusión. Bogotá: Centro Internacional para la Justicia Transicional y De Justicia
[2] Prólogo al Informe de La masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra. Segundo Informe de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Bogotá. Disponible en: http://www.cnrr.org.co/new09/semanaM/informe_la_masacre_de_el_salado.pdf.Consultado 15/09/2009.
[3]CNRR. 2008. Trujillo. Una Tragedia que no cesa. Primer Informe de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Bogotá: Planeta.
[4] El GMH está conformado por un coordinador, el historiador Gonzalo Sánchez y quince investigadores, en su gran mayoría académicos y personalidades públicas dedicadas desde hace varios años al análisis del conflicto armado y los diversos procesos de violencias en el país. La mayoría de sus miembros son catedráticos universitarios, directores de centros de investigación y consultores independientes. Algunos de ellos han participado en procesos institucionales de más largo aliento de reconstrucción de la memoria del conflicto colombiano como es el caso de Gonzalo Sánchez, coordinador del grupo y quién en el año 87 también coordinó la II Comisión de Estudios sobre violencia, o el caso de Álvaro Camacho coordinador del Informe de Trujillo y participante también de esta última comisión. A este grupo se suman también un sinnúmero de asistentes de investigación que contribuyen en el trabajo de campo a nivel regional, en el proceso de recolección y análisis de información.
[5]En el caso de Trujillo, es evidente que existe una disputa por no olvidar lo que allí ocurrió y lograr justicia. Ha sido liderada históricamente por AFAVIT (Asociación de Familiares Victimas de Trujillo), pero también por la Comisión Intercongregacional Justicia y Paz, fundada por el padre Javier Giraldo, quien junto con la religiosa Maritze Trigos han trabajado por más de d18 años en la lucha por la visibilización nacional e internacional de este caso.
[6]Un ejemplo de la resistencia de la comunidad de Trujillo, Valle está expresado en uno de los lugares memoriales más reconocidos en el país para las víctimas: el Parque Monumento.. Esta dedicado a la memoria de las víctimas y es una iniciativa de AFAVIT. También está la creación de organizaciones que reivindican ciertos ejercicios políticos a partir de la memoria de los mártires de una comunidad. Por ejemplo, es el caso de la “Orden Perdida”, colectivo de jóvenes que se desprenden de AFAVIT y que reivindican la memoria del padre Tiberio Fernández, en particular su visión del trabajo de base con las comunidades rurales. El padre Tiberio, es hasta el día de hoy uno de los mártires “emblemáticos” de Trujillo. El parque ha sufrido cuatro atentados, uno de ellos ocurrió en 2008, y fue la profanación de la tumba del padre Tiberio. Otra iniciativa de memoria ligada a este caso es la Galería de la Memoria Tiberio Fernández Mafla en la ciudad de Cali.

jueves, 27 de agosto de 2009

La Voz que falta

Por: William Ospina
SIEMPRE HE PENSADO QUE EL MAL de Colombia no es tener guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, políticos corruptos, poderosos núcleos de delincuencia organizada y partidos que nunca representan la causa profunda de las mayorías, sino no tener una ciudadanía con criterio, con iniciativa y con pensamiento crítico capaz de ponerle freno a todo eso, capaz de proponer y de imponer un modelo de sociedad más justo y más moderno.
A diferencia de países como México, donde primero la Reforma y después la Revolución generaron unas instituciones patrióticas, que durante un buen tiempo se empeñaron en engrandecer lo mexicano y darle un lugar en el mundo, y que intentaron construir un Estado mínimamente benefactor de la comunidad; a diferencia de Argentina, donde algunos gobiernos como los de Roca e Irigoyen emprendieron reformas liberales que empezaron a corregir seculares discriminaciones, y donde incluso un gobierno tan discutido como el de Perón fortaleció a sectores antes subordinados e inferiores, y les dio una nueva conciencia de su importancia, de modo que casi todos terminaron siendo peronistas; a diferencia de Ecuador donde Eloy Alfaro…, a diferencia de Bolivia donde los mineros del 52…, a diferencia de Venezuela donde hasta las sombrías dictaduras de Gómez y de Pérez Jiménez algo modificaron en el orden de las fuerzas sociales y dieron espacio a otros sectores en el manejo del Estado, en Colombia no se rompió jamás la cadena de oro del poder, no se suspendió jamás la línea casi dinástica de las élites al mando del Estado, y hay quien afirma que hasta una rastreable línea de consanguinidad ha unido a todos los sucesivos presidentes de la República.

Lo cierto es que aquí no se abrieron camino jamás las reformas liberales básicas que les dieron cierta normalidad a casi todos los otros países del continente. No se abrieron camino ni los radicales del siglo XIX, ni los socialistas de comienzos del XX, ni el gaitanismo, ni el Frente Unido de Camilo Torres, ni la Anapo de Rojas Pinilla, ni las ideas de Antonio García, de Gerardo Molina, de Fernando González, de Estanislao Zuleta, de Orlando Fals Borda, de todos los que intentaron alguna modificación de nuestro orden mental y con ello de nuestro orden social. Basta recordar que Colombia era un país tan premoderno que durante décadas quienes querían casarse por lo civil tenían que viajar más allá de cualquiera de nuestras fronteras, a Panamá, Venezuela o Ecuador, para hacerlo. El índice católico imperó de tal manera que se diría que las nuestras son las primeras generaciones que en Colombia han podido leer libremente. Tan poco efecto tuvieron las ideas liberales y las socialistas sobre el cuerpo de la sociedad que, antes que las reformas agrarias, en nuestro país siempre se abrieron paso, a sangre y fuego, más bien las contrarreformas agrarias, que concentraron década tras década el mapa de la propiedad territorial hasta llegar a las escandalosas y ciertamente criminales cifras de hoy.

En otros países la insatisfacción, la disidencia, asumen plenas expresiones políticas, porque existen vínculos sociales que permiten la organización de esos intereses, y un mínimo respeto de los conciudadanos hacia los que piensan distinto. En Colombia toda insatisfacción, toda disidencia, tiende a ser asimilada con la ilegalidad. Pero si la rebeldía individual, salvo cuando es teórica o simbólica, termina siendo una forma del delito, en el mundo moderno la rebeldía colectiva tiene que asumir una expresión política. Aquí los individuos crecen de tal manera en la falta de identificación con su comunidad, que muchos procesos de rebelión terminan degradándose en fenómenos criminales, como en el caso de las guerrillas, a las que hasta sus mayores enemigos les reconocen haber tenido en su origen una motivación política, pero a las que la sociedad entera ha terminado identificando sólo con sus prácticas criminales, su inhumanidad y su incapacidad de formular alguna propuesta política civilizada. Y quienes creyeron en la bandera de la paz, pero siguieron pensando distinto, como en el caso de la Unión Patriótica, una implacable y espantosa política de exterminio los borró del mapa sin permitir que se abriera camino siquiera el trazo sagrado de un dolor colectivo.

Los proyectos políticos no sólo necesitan programas y argumentos, necesitan también definir un estilo, una manera de convocar a la ciudadanía y de hablar con las mayorías, y eso es lo que casi nunca han logrado en Colombia los movimientos y partidos alternativos. Si el viejo bipartidismo liberal conservador logró gobernar a Colombia, bastante mal por cierto, durante doscientos años, es porque por lo menos se parecía al país, y sobre todo a los defectos del país. Aprovechaba que los colombianos crecimos en el individualismo, carentes de grandes sueños colectivos, para reinar sobre la indiferencia, sobre la apatía, y para abrirse paso por el camino del soborno, cambiando votos por puestos y por pequeñas dádivas, en esa práctica todavía vigente que llamamos clientelismo.

¿Cuándo aprenderá la oposición a hablar un lenguaje que la gente entienda, y que represente de verdad una alternativa? No se trata de tener las mismas prácticas de liberales y conservadores barnizadas con otro discurso: se trata de encontrar nuevos lenguajes para hablar de política, grandes sueños para convocar a la juventud, otra manera de concebir la democracia como diálogo de la inteligencia, como espacio de la imaginación y como fiesta de la convivencia.
A medida que el proyecto político imperante se desgasta en Colombia, ningún partido político ha debido crecer y consolidarse tanto como el Polo Democrático. Ello no ha ocurrido y quizá la explicación esté en que sus dirigentes tendieron a eternizar las costumbres de sus adversarios, a estar contando votos que por ese camino nunca llegarán, y no han logrado arrojar el puñado de semillas de un nuevo país, ni convocar a esa ciudadanía laboriosa y crítica que sea capaz de dejar atrás con inteligencia y con audacia este mezquino círculo de guerras medievales.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Lo singular, paradigmático y problemático del proceso de Justicia y Paz


El 25 de julio de 2005, el Congreso colombiano aprobó la Ley de Justicia y Paz (Ley 975). Con ella, se dió paso a un proceso judicial ambicioso y sin precedentes en el país: servir de instrumento jurídico y político tanto a los victimarios como a sus víctimas. Para los primeros, la ley formula un ofrecimiento amplio de desmovilización colectiva o individual de sus estructuras paramilitares y guerrilleras, además de su reincorporación a la vida civil. Para las segundas, se ofrece verdad, justicia y reparación. En el marco de esa ley se constituyó la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) con unos mandatos específicos: acompañar los procesos de desmovilización y reincorporación de los actores armados, procurar una atención integral a las víctimas, facilitar los procesos de justicia y verdad, y generar mecanismos de reparación simbólica y material para ellas. Al interior de dicha Comisión se constituyeron ocho áreas de trabajo, con sus respectivos coordinadores. Entre las áreas creadas están las de reparación y atención a víctimas; reconciliación; desmovilización, desarme y reinserción; género y poblaciones específicas; y el grupo de Memoria Histórica (GMH). Al día de hoy, se han creado 62 sedes regionales de la CNRR en todo el país, para facilitar el proceso de descentralización y operación de las distintas áreas de trabajo.1 Presupuestalmente cuenta con recursos nacionales y de cooperación internacional2. Mas allá de las posibilidades o limitaciones de este proceso, que acaba de cumplir cuatro años de vida3, hay que decir que a la luz de otros casos de esclarecimiento histórico, judicial y político de los hechos nacionales de violencia ocurridos en América Latina y en otras partes del mundo4, el colombiano resulta singular, paradigmático y problemático. Varias son las razones para esto, me limitare a mencionar sólo algunas.
1. Colombia definitivamente no atraviesa por un proceso de transición. Por más que se defienda que nuestro país está asistiendo a un escenario como éstos, lo único que se puede reconocer es que hay pasos lentos y con ciertos actores y víctimas del conflicto, de transitar de situaciones específicas de conflicto degradado a “experiencias” postconflicto en determinadas zonas del país. Sin embargo, esto no es la generalidad, por tanto no hay una transición sostenida de un conflicto degradado hacia una paz más o menos duradera y razonable. Lo más parecido a lo que ocurre hoy en Colombia, es una especie de búsqueda de “justicia transicional sin transición”5. A esto se suma, que este proceso como otros tantos que han ocurrido en el país, deben operar en escenarios complejos de tensión donde la generalidad es la “guerra permanente y la negociación permanente”6.
2. Justicia y Paz, no sólo no asiste a un escenario de transición, sino que se incrusta en medio de un conflicto armado interno de larga duración, que al dia de hoy es dificil de temporalizar sin correr el riesgo de sacrificar la verdad histórica sobre los perpetradores y las víctimas7. Además el proceso se da con un sector de paramilitares que se desmovilizó frente a otro que todavía sigue en la guerra, que se ha rearmado y sigue delinquiendo y generando víctimas. Debe añadirse que la gran “cúpula” del paramilitarismo reposa hoy en las cárceles de Estados Unidos, y espera ser juzgada y negociar sus cadenas por delitos de narcotráfico en ese país, y no por crimenes de lesa humanidad en el nuestro.
3. La lógica de funcionamiento de Justicia y Paz ha sido más impugnada que legitimada, especialmente por un sector importante de organizaciones de víctimas, que o bien reconocen desconocer como funciona el proceso local y regionalmente; o no se sienten representadas en los procesos de reparación, justicia y verdad; o perciben que hay exclusión de sus demandas; o consideran, como en el caso de las víctimas de crimenes de Estado, que la ley es un sistema de impunidad generalizado y nada va a cambiar con él.
4. No hay una comisión de la verdad en estricto sentido, como si la hubo en otros países de América Latina. La CNRR, columna vertebral de justicia y paz, no lo es, tampoco quiere constituirse en una tan pronto, es una especie de “hibrido político - jurídico”, que pretende resumir aprendizajes interesantes llevados a cabo en otros países, aunque al día de hoy sus logros sean más complicados de lo esperado, incluso sus fundamentos operativos y filosóficos sigan siendo cuestionados nacional e internacionalmente. Además pretende, junto con otras instancias como la Fiscalía y la justicia ordinaria, realizar labores complejas en una misma coyuntura política: por ejemplo, reparar a las víctimas, generar penas alternativas y proyectos productivos para los victimarios, levantar una memoria histórica de “ciertos” hechos ocurridos. Todas estas acciones y procesos complejos, que son loables de por sí, no hay que olvidar que han sido lentas y frustrantes en otras comisiones y procesos que han funcionado en América Latina, como lo revela por ejemplo, el caso de Guatemala8, solo por citar uno. Muy pocas cosas hasta el momento indican que Colombia va a ser la excepción a estos otros procesos.
5. Tal y como está caminando el proceso, no se establecen instrumentos suficientes para garantizar la verdad histórica. Se busca la verdad judicial, la derivada del proceso realizado por la Fiscalía General de la Nación, que incluye una declaración fidedigna y completa; pero no se ha abordado lo suficiente el asunto de la verdad histórica, la que le permite a la victima tener una memoria más amplia de lo acontecido. Incluso no se ha profundizado sobre cómo compaginar la verdad recogida en el ejercicio de reconstrución de la memoria histórica, con la verdad del caso específico declarado por el desmovilizado. Especialmente cuando este desmovilizado recorta, edita o sufre de amnesia en pleno proceso de audiencia pública.
6. Si bien el proceso está diseñado para generar sentencias judiciales que conduzca a otorgar las penas alternativas, al día de hoy solo existe una sentencia de Justicia y Paz, por lo demás cuestionada dado que correponde a un mando medio9, y no precisamente la sentencia se profiere por violaciones de derechos humanos. Sin embargo, la misma abre el camino para examinar con mas detenimiento, cómo deberían llevarse a cabo las que siguen. Sobre todo, como conectar en ellas, los “casos más duros”, aquellos en los que personas de altos mandos, están involucrados en violaciones de derechos humanos y frente a los cuales se han señalado responsabilidades directas desde organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Dependerá también del gobierno de Estados Unidos si reconoce o no la importancia de la verdad para con las víctimas colombianas , en el caso de los procesos que adelanta en contra de los jefes paramilitares en su país10.
7. El gobierno no se ha comprometido debidamente con una reparación sustantiva con todas las víctimas, porque de paso estaría reconociendo su responsabilidad en el conflicto armado interno, lo que iría en contravía del presupuesto ideológico de la seguridad democrática. Para el gobierno, el ejercicio derivado del proceso judicial con los desmovilizados es el que conduce a reparación. Sin embargo, en el 2008 el mismo gobierno expidió un decreto de “reparación administrativa” (Acuerdo 1290 de 2008)11. Este ha sido seriamente cuestionado por ciertas organizaciones de víctimas, ya que excluye de manera tajante los delitos contra la propiedad, el patrimonio y las violaciones colectivas o atribuibles a agentes del Estado. Además podría terminar por limitar las posibilidades de lograr una mínima verdad judicial, en la medida en que no contempla una investigación ni sanción penal con base en confesiones o colaboraciones con la justicia. Este proceso de reparación administrativo se concentra única y exclusivamente en la indemnización económica, indemnización por cierto irrisoria si tenemos en cuenta que 18 millones durante 10 años, a razón de 180.000 pesos mensuales son una verguenza frente a la enorme deuda histórica con las víctimas. 12
8. El “descuartizamiento” y posterior “hundimiento” de la “Ley de Víctimas” a finales del mes de junio de este año por el gobierno de Uribe Vélez, argumentando que “el texto que iba a ser adoptado trataba de la misma forma a todas las víctimas de crímenes atroces, pues preveía para todas ellas una reparación administrativa, esto es, sin necesidad de proceso judicial”13 Para el gobierno, solo es aceptable que la reparación administrativa de una víctima estatal se haga mediante una prueba judicial previa de la responsabilidad estatal. Esto por supuesto, además de “absurdo es discriminatorio” 14 A esto se suma que para el gobierno reparar a todos saldría excesivamente costoso (80 billones de pesos), más que una cuestión de justicia, el asunto en juego para la seguridad democrática sería de racionalidad económica15. Recordemos brevemente que esta iniciativa, había sido presentada, a finales del 2007, desde algunos sectores de oposición política (Partido Liberal, Polo Democrático) e incluso por sectores moderados de la coalición uribista, con la anuencia de las organizaciones de víctimas, bajo el nombre de “proyecto de ley 157/2007”. El proyecto pretendía subsanar las deficiencias notorias de la ley 975. Si bien, fue aprobado en segundo debate el 18 de junio de 2008 por la Plenaria de la misma Corporación, luego de haberse incorporado algunas propuestas del Gobierno Nacional, lo que se hizo notorio en la “versión oficial” del proyecto presentada este año fue la “eliminación arbitraria y con claros intereses políticos” de temas gruesos para la nación, sin los cuales las víctimas quedan aún más en situación de vulnerabilidad: la exclusión de la noción de conflicto armado interno, la supresión de los artículos referentes a la responsabilidad del Estado por el daño emergente y lucro cesante, la eliminación de la reparación patrimonial de bienes muebles y la exclusión de las víctimas de agentes del Estado16.
9. Finalmente, es imposible desconectar el proceso de Justicia y Paz de la seguridad democrática. Si bien, el primero ha tomado otros matices por el camino y está involucrando nuevas dimensiones que no se reducen al uribismo, no cabe duda que la misma seguridad democrática ha empañado un proceso que podría haber sido más interesante de lo que es ahora. Es como si estos dos procesos fueran una especie de rostro de Jano. Así mientras se presenta a Justicia y Paz como un verdadero ejemplo ante el mundo, de justicia transicional, de reparación, de reconocimiento de culpas, de procesos judiciales transparentes y efectivos; de otra parte la seguridad democrática de Uribe, niega que existe conflicto armado; legitima la persecusión política y judicial contra los adversarios y opositores políticos; pide perdón a las víctimas sin reconocer realmente las culpas históricas del Estado en el conflicto17; extradita a los principales paramilitares a Estados Unidos y no pide nada a cambio de la justicia gringa para con las víctimas que estos “señores de la guerra” produjeron; saca caprichosamente del costal de la reparación administrativa a las víctimas del Estado por resultar excesivamente caro y peligroso para la seguridad nacional, estimula los falsos positivos y como si fuera poco “chuza” cuanto teléfono de personalidad política e intelectual resulta “sospechosa” para los intereses del país En suma, acogiendo lo que dice un analista colombiano, algunas virtudes y muchas perversiones acompañan a esta seguridad democrática de Uribe18. Muy probablemente, de no corregirse muchas cosas del proceso de Justicia y Paz, estaremos más del lado de las perversiones que de las virtudes.
1Están ubicadas en la zonas de Antioquia, Centro del país, Nororiente, Barranquilla, Valle del Cauca, Putumayo, Valle del Cauca, Valledupar, Quibdó y Villavicencio.
2En 2006 el Gobierno asignó 1.300 millones de pesos, en 2008, 5.829 millones, para 2009, se aprobaron 8.000 millones. De cooperación internacional se recibieron 6000 millones en 2008. Cfr. CNRR. 2008. Informe de Gestión 2005- 2008. Disponible on - line
3 Un balance reciente de este proceso se encuentra en Rangel Suárez, Alfredo (editor). 2009 Justicia y Paz. ¿Cuál es el precio que debemos pagar?. Bogotá: Fundación Seguridad y Democracia/Intermedio Editores.
4Springer, Natalia. 2002. Sobre la verdad en los tiempos del miedo: del establecimiento de una comision de la verdad en Colombia y los desafios para la justicia restaurativa. Facultad de Finanzas, Gobiemo y Relaciones Internacionales. Universidad Externado de Colombia, Bogota.
5Uprimny, Rodrigo y Safón, María Paula. 2006. ¿Justicia Transicional sin transición? Bogotá: DJS. Fundación Social.
6Sánchez, Gónzalo. 2007. “Retos de la verdad y la memoria en medio del conflicto”. En: Bleeker, Mô, Ciurlizza, Javier y Bolaños Vargas, Andrea. 2007. Memorias de la conferencia “El legado de la verdad: Impacto de la justicia transicional en la construcción de la democracia en América Latina”. Realizado en Bogotá del 19 al 21 de julio de 2007. Disponible on-line: p, 61 – 71.
7La temporalidad es la primera batalla de la memoria”, así ha dicho el historiador Gonzálo Sánchez. La cuestión es que la discusión sobre el asunto trasciende lo académico y llega a lo político. Se ha hablado de comenzar en 1948 inicio de la violencia en el país, de 1964 cuando irrumpe la insurgencia armada contemporánea, de 1985 con el holocausto del Palacio de Justicia y 1991 con la Constitución Política. Aquí la disputa sigue. El asunto es que alargar y acortar esta temporalidad tiene efectos en el universo de víctimas a considerar, en los actores responsables por estas víctimas, y en general, en los alcances de la justicia, la verdad y la reparación.Cfr. Sánchez, Gonzalo. 2007. Retos de la verdad y la memoria en medio del conflicto. En: Bleeker, Mô, Ciurlizza, Javier y Bolaños, Andrea. 2007. Op. Cit
8Cfr El balance de los 10 años del informe Guatemala: Memoria del Silencio producido por la Comisión de Esclarecimiento Histórico en 1999. En Impunity Watch y Convergencia por los Derechos Humanos. 2009. La persistencia de la Verdad: A diez años del informe de la CEH. Guatemala: Impunity Watch
9 La condena se profirió contra alias “El Loro”. Fue condenado a una pena alternativa de cinco años por el homicidio de tres personas, extorsión y falsedad de documentos públicos. Como ha señalado una investigadora de Dejusticia “A primera vista, la sentencia constituye un acontecimiento positivo, pues lanza el mensaje de que la Ley de Justicia y Paz está empezando a producir efectos. Sin embargo, un análisis detallado de la sentencia y de su significado en el proceso de Justicia y Paz muestra que esta deja mucho qué desear como hito histórico en materia de lucha contra la impunidad” Safón, María Paula. La primera sentencia de Justicia y Paz, mucho qué desear. Revista Semana. Abril 23 de 2009. Disponible on-line: http://dejusticia.org/interna.php?id_tipo_publicacion=1&id_publicacion=579. Consultado 20 de mayo de 2009.
10Cfr. Claudia López. ¿Que van a hacer los gringos con la verdad?. Columna de Opinión. Periódico El Tiempo. 25 de agosto de 2009. Disponible on line: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudialpez/que-van-a-hacer-los-gringos-con-la-verdad_5930829-1
11Mediante el cual se crea el“Programa de Reparación Individual por vía administrativa para las víctimas de los grupos armados organizados al margen de la ley”.
12Cfr. Cepeda, Iván y Girón, Klaudya. 2008. “Las organizaciones de víctimas como actores sociales” en Wilson López, Annette Pearson y Blanca Patricia (editores). Victimología. Aproximación psicosocial a las víctimas. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
13Cfr. Uprimny, Rodrigo. 2009. La discriminación de víctimas de agentes de Estado. Columna de opinión. Periódico El Espectador. Junio 22 de 2009. Disponible on- line: http://www.elespectador.com/columna147080-discriminacion-de-victimas-de-agentes-de-estado
14 Ibídem
15Cepeda, Iván. 2009. Es un asunto de justicia. Columna de Opinión. Periódico El Espectador. Junio 27 de 2009. Disponible on – line: http://www.elespectador.com/columna147877-un-asunto-de-justicia
16Cfr. Sarmiento, Fernando. 2008. “Ley de Víctimas, gato por liebre”. En: Revista Cien días vistos por Cinep. No. 65. Disponible en: http://www.cinep.org.co/revistas/ciendias/RevistaCienDias65/FSarmiento65.pdf. Consultado el 25/01/2009.
17 Uprimny, Rodrigo. 2009. ¿Perdón sin reconocer culpas?. Columna de opinión. Periódico El Espectador. Agosto 3 de 2009. Disponible on-line: http://www.elespectador.com/columna154277-perdon-sin-reconocer-culpas
18Camacho, Alvaro. La seguridad democrática. Virturdes y perversiones. Columna de Opinión. Periódico El Espectador. Julio 3 de 2009. Disponible on – line: http://www.elespectador.com/columna148875-seguridad-democratica-virtudes-y-perversiones

El giro cultural y político hacia el pasado


A los ya conocidos giros teóricos y metodológicos de mediados del siglo XX en las ciencias sociales (pensemos por ejemplo, en el giro lingüístico y en el giro interpretativo, con sus enormes consecuencias hasta el día de hoy en la producción de conocimiento social) debemos agregar uno nuevo, propio del último cuarto del siglo XX, un “giro hacia el pasado”. Por ahora diré, siguiendo a Andreas Huyssen1 -el autor que ha provocado dicha afirmación - que este giro se caracteriza por una especial preocupación cultural y política por la memoria en las sociedades occidentales (2002).
Ahora bien, trataré en lo posible de dar cuenta de esa preocupación, preguntándome por ¿cuáles son las principales características de este giro?, ¿qué tipo de pasado o pasados se buscan legitimar?, ¿qué papel asume la memoria en el mismo?, ¿cuáles son las implicaciones culturales y políticas para las sociedades occidentales donde se ha vivido con mayor intensidad? y, finalmente ¿qué nos dice a nosotros los latinoamericanos con pasados y presentes sociales violentos, no debidamente tramitados?
Una de las características centrales de este giro es que surge en un ambiente político y social marcado por la desconfianza, sospecha y crisis ante los grandes metarrelatos culturales y teóricos que habían sido propios del modernismo futurista y de una modernidad con pretensiones homogeneizantes y universalistas. Inicialmente es un giro cultural hacia el pasado que emerge bajo la impronta de la “recodificación del pasado”, pero poco a poco va tornándose también en un giro político, porque no se trata de recuperar cualquier pasado, sino de un pasado silenciado, que hace emerger la culpa histórica.
Entre las consecuencias más sentidas de ese proceso nos encontramos con que comienza a recodificarse el sentido de la colonización europea en África y Asia, así como el pasado del holocausto. Este último, siguiendo a Huyssen, se siente con particular énfasis para nosotros a través de la emergencia de las “memorias holocausticas”, como un “discurso global”, como un “tropos universal del trauma histórico”. (2002: 17). Es decir, el holocausto se convierte en un “poderoso prisma a través del cual podemos percibir otros genocidios” (2002: 18).
Sin embargo, la memoria va más allá de este “tropos universal” dimensionándose en nuevas formas. Huyssen muestra entonces cómo la memoria ha pasado a representar también un “objeto de marketing”, una “pieza de museo”. Asistimos a una especie de “obsesión cultural” por la musealización de la memoria. Proceso que a su vez está también acompañado de una mediatización comercial de la misma. Pero ese “boom mediático” lleva también una enorme paradoja. Se recupera el pasado, pero también se celebra la amnesia. Se recupera una memoria imaginada, una memoria que se comercializa a gran escala, una memoria que se digitaliza, pero a costa también de la memoria vivida. Se recupera una memoria presentista, en función siempre de un presente inmediato.
No obstante también asistimos a un momento histórico en el que resulta imposible recuperar y discutir la memoria personal o pública sin “contemplar la enorme influencia de los nuevos medios como vehículos de toda forma de memoria” (2002: 25). Esa mediatización desde luego tiene un tinte ideológico, puesto que “los medios no transportan la memoria pública con inocencia: la configuran en su estructura y en su forma mismas” (2002: 27).
Llegados a este momento es importante traer de nuevo a cuento una de las preguntas que formulamos arriba, alrededor de las implicaciones políticas y culturales de este giro, para las sociedades occidentales actuales. Podemos sostener que el giro occidental hacia la memoria lleva implícito una especie de “antídoto” ante el miedo y el riesgo de olvidar. Pareciera ser que Europa y Norteamérica, según las mismas palabras de Huyssen, estuvieran invocando cada vez más el pasado como “un baluarte que […] les defienda del miedo a que las cosas devengan obsoletas y desaparezcan, un baluarte que les proteja de la profunda angustia que genera la velocidad del cambio y los horizontes del tiempo y espacio cada vez más estrecho” (2002: 32). Una memoria muralla que les proteja ante la indiferencia por las cosas importantes y que les permita curar las heridas que esa indiferencia produce.
Esta memoria baluarte puede estar desencadenando en estas mismas sociedades, la fabricación de una “ilusión”, de un cierto pasado que se invoca con añoranza, una especie de “pasado reciclado” que al recuperarse entretiene pero que no dota de seguridad ontológica alguna. Aquí me parece importante sumar a la reflexión de Huyssen lo que menciona Zygmunt Bauman respecto a lo que él llama una “modernidad liquida”, una en la que el hombre contemporáneo parece encontrarse con otros sólo para “compartir intimidades”. En una sociedad de este tipo la búsqueda por la memoria no sería más que un antídoto para conjurar la fragilidad y fugacidad de los lazos, pero a lo sumo a partir de la construcción de “comunidades de preocupaciones compartidas, ansiedades compartidas u odios compartidos, pero en todo caso comunidades perchero” (2000: 42).
Y a todas estas ¿cuál es la implicación para las sociedades latinoamericanas de este giro? Más allá de que la apuesta de Huyssen por comprender la riqueza de este giro cultural y político es realmente importante, considero significativo enfatizar que en Latinoamérica la apuesta por la memoria, mejor aún por las memorias, es un asunto de índole política. No se trata sólo de la recuperación de cualquier pasado, sino de pasados traumáticos producidos por formas variadas de violencia, de conflicto interno, de exclusión y marginación. Pasados que al día de hoy no se han tramitado debidamente. Pasados presentes de víctimas de genocidio, de masacres, de olvido sistemático en nuestras democracias inconclusas. Pasados que además se conjugan en memorias locales, femeninas, comunidades étnicas, sólo por mencionar algunas.
Para latinoamérica, se trata de la tramitación de unas memorias que no pueden ser reducidas a piezas de museo, comercializadas o exhibidas. El giro hacia el pasado, hacia la recuperación del pasado es a la vez que una terapia preventiva y sanadora en tiempos de oscuridad y violencia (Larrión, 2008: 79), una apuesta también por hacer de nuestras democracias espacios para la verdad, la justicia y la reparación con las víctimas que esas democracias se niegan a reconocer.
Referencias Bibliográficas
- Huyssen, Andreas. 2002. En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempo de globalización. México: F.C.E (Cap. 1. Pretéritos presentes. Medios, Política, Amnesia; pp. 13- 40)
- Bauman, Zygmunt, 2000. Modernidad Líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica
- Larrión Cartujo, Jósean. 2008. “El orden de la desmemoria. La condición social de la memoria fragmentada, las memorias combativas y la ignorancia de nuestro tiempo pasado”. En: Revista Anthropos. 2008.
- Maurice Halbwachs. La memoria colectiva, una categoría innovadora de la sociología actual. No. 218. Barcelona; p. p; 68 – 84.
1 Profesor de literatura alemana y literatura comparada de la Universidad de Columbia. Su trabajo intelectual ha sido influyente en la revisión de nociones como modernismo, posmodernismo, memoria cultural, trauma histórico, archivo, cultura, globalización, entre otras. Además del libro que mencionamos en esta exposición, se encuentra también Después de la Gran División: Modernismo, Cultura de Masas y Posmodernismo (1986).

Reflexiones sobre memoria, verdad, justicia y reparación


En un texto anterior mencionaba la actualidad y pertinencia para nuestras sociedades del llamado “giro cultural hacia el pasado”, especialmente cuando se trata de estudiar pasados recientes traumáticos. No olvidemos que este giro se produce a partir de los años ochentas en el mundo europeo y norteamericano a propósito de la emergencia de las “memorias holocausticas”. Por tanto, desde hace ya más de dos décadas estas vienen siendo una especie de “discurso global del dolor”, un “tropos universal del trauma histórico”, mejor aún, un “poderoso prisma a través del cual [se pueden] percibir otros genocidios”1 . Incluso, este “boom memorial” llevará, sin embargo, a muchos otros autores a afirmar que Europa al día de hoy, raya con un abuso del pasado, el cual se caracteriza por una especie de “saturación” “culto” o “exceso” en la conjuración de sus culpas o deudas históricas2.
Más allá de lo respetable que pueda ser la anterior apreciación, sostengo que América Latina atraviesa por una realidad distinta. No pasamos por un momento en que la memoria, la justicia, la verdad y la reparación sean “obsesiones culturales”, sino todo lo contrario: seguimos recuperando, como una “necesidad política” la memoria, mejor aún las memorias de nuestros pasados recientes de represión estatal, violencia política y conflicto armado interno. Y lo seguimos haciendo, precisamente porque nuestros proyectos nacionales están construidos sobre la base de unos déficits memoriales, de unos olvidos declarados oficialmente como parte de la historia construida e impuesta por los proyectos nacionales, las elites locales y unas impunidades decretadas por la fuerza política y militar de ciertos actores privilegiados. Incluso, estos olvidos, defícits, amnesias e impunidades han llevado a que actualmente se sigan cuestionando, desde distintos agentes (las víctimas, los victimarios, las organizaciones de la sociedad civil, las élites políticas e intelectuales) los procesos democráticos recientes o los más consolidados en muchos países del Continente.
Ahora bien, desde los años ochentas hasta el día de hoy, las denominadas comisiones de verdad, esclarecimiento histórico y reconciliación nacional han intentado prestar atención a estos defícits memoriales. Ellas, aunque no exclusivamente, tratan de reconstruir y tramitar las memorias de los traumas históricos de pasados violentos, consolidando unas “memorias emblemáticas”, es decir, unos relatos condensadores, globales y no aislados del pasado – reciente, cuya principal función es la de garantizar “oficialmente” la verdad, la justicia y la reparación para con las víctimas, procurando un futuro de reconciliación nacional o al menos de “nunca más”. Empero, la historia reciente de nuestros países, también nos ha enseñado que el ejercicio de memoria pública “inclusivo” es aún inconcluso en América Latina. Así como lo son los proyectos nacionales, la modernidad, la democracia, la justicia social y otras tantas dimensiones. Precisamente, si hay una “obsesión memorial” de diversos actores, es por hacer de la memoria un instrumento plural de discusión pública y política, “una vena abierta” en contextos democráticos que se levantan sobre la desmemoria o unas memorias que subordinan a otras. De hecho, mantener abiertas y vigilantes esas memorias censuradas ha sido y es en América Latina, un ejercicio de muchos sectores subalternos. Desde luego, la confrontación no ha sido fácil, dado que se ha querido legitimar oficialmente en más de una ocasión el olvido, el perdón a cualquier costa o la pacificación nacional generando unos enormes costos políticos y sociales, especialmente para las víctimas y, también para nuestras jóvenes y formales democracias.
¿Pero que nos dice entonces todo esto a los colombianos que atravesamos desde el 2005 por un proceso de justicia y paz? Varias cosas. Por ejemplo, no basta un ejercicio profesional y oficial del levantamiento de los hechos ocurridos en un país para que se cierren las heridas y se consolide el “nunca más”. Un informe público no es la única, ni la más efectiva herramienta para procurar la justicia, la verdad y la reparación. Las memorias de la represión que producen diversos actores políticos y sociales, deben constantemente reactualizarse; en este sentido, el giro cultural de Europa o norteamérica hacia el pasado, es para nosotros un giro político subalterno hacia pasados y presentes recientes de terror profundo y de represión. Este giro además, nos obliga a reconocer que la verdad histórica consignada en los informes de memoria y verdad o en los informes de logros de las comisiones, puede, de cuando en cuando, volver a ser cuestionada desde distintos sectores, como ha acontecido recientemente en Guatemala3 y, como de hecho ya lo está siendo en Colombia, en particular el trabajo de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR). De igual forma, debe quedar claro para el país, que el desafío y el problema de todo proyecto de recuperación y tramitación de la memoria, de la justicia, de la verdad, tiene que ver con un proceso siempre abierto y público para todos, un lugar para la deliberación. Por tanto, es un espacio que debe producir una conjugación de sentidos y voces múltiples, sobre ¿qué tipo de olvidos y recuerdos se privilegian?, ¿en función de qué presentes? y ¿para quienes se hace?
La necesidad de situar el acento sobre la reactualización de las memorias políticas de nuestros pasados violentos, debe llevar también a comprender la manera como se reconstruyen y recuperan las memorias de naciones que transitaron al postconflicto, o las que siguen en él. Es decir, los usos y abusos políticos que de ella se hace por distintos actores en distintos escenarios nacionales. Al comprender eso, podremos entender la forma y el sentido político que toma posteriormente el recuerdo o el olvido para nuestros países, y en especial para las víctimas. Sobretodo, asuntos tan delicados como la justicia restaurativa, la verdad judicial o histórica y la reparación integral. Frente a todo lo anterior, quiero subrayar la necesidad para los investigadores sociales que nos interesa el estudio de la tramitación del pasado y los usos políticos que se hacen de él, de situar la discusión sobre estos temas desde el terreno político, es decir, aquel que engloba la reflexión sobre la lucha que llevan a cabo diversos actores e instituciones por la economía y administración del pasado y las funciones que éste tiene en el presente de una nación. En tal sentido, quiero enfatizar en lo que sigue en el significado político que debe darsele a la memoria, la justicia, la verdad y la reparación en contextos de conflicto armado interno como el colombiano.
Por memoria, es crucial entender todos aquellos procesos y narrativas subjetivas de individuos y grupos que se soportan en experiencias simbólicas y materiales, y que se convierten en objeto de disputa política e histórica.4 Aclaro que la memoria no es sólo un depósito de “subjetividades” sino que también se vuelve histórica cuando se utiliza para construir “datos” sobre el pasado, o cuando se convierte en objeto de investigación.5 En un contexto como el colombiano debería de observarse esto claramente a propósito del trabajo que realiza el grupo de memoria histórica de la CNRR. Por verdad, debe entenderse un derecho inalienable de las personas y sociedades a “conocer la realidad integra, completa y publica sobre los hechos ocurridos que rodearon las violaciones a los derechos humanos, sus circunstancias especificas, los motivos que las propiciaron y quienes participaron en ellas"6. La verdad es el elemento indispensable y primario para todo proceso de reconciliación; sin embargo es importante no perder de vista esto para la situación colombiana, ya que la verdad debe ser tanto judicial como histórica, y no debe pretenderse la subordinación o la subsunción de la una a la otra.
Respecto al concepto de justicia es necesario entenderla como el conjunto de “obligaciones que tienen los Estados de investigar sobre las violaciones, de tomar las medidas adecuadas para detener a sus autores, para que estos sean perseguidos, juzgados y condenados a penas apropiadas, de asegurar a sus victimas los recursos eficaces y la reparacion de los perjuicios sufridos, y de tomar todas las medidas destinadas a evitar la repeticion de tales violaciones.7 Aquí es importante reconocer que, para sociedades que le apuestan a procesos de justicia transicional como el colombiano, la justicia no puede propender una amnesia impuesta oficialmente, o valorar solo los procesos punitivos que hagan imposible la reconciliación. Lo que se busca es una justicia restaurativa que responsabilice y equilibre las cargas, que establezca los hechos, que reconozca el daño causado por el crimen, que involucre a las víctimas y comunidades, y genere perdones responsabilizantes.8 Finalmente, por reparación, debe abrigarse el reconocimiento y la responsabilidad que le cabe a los actores armados y al Estado en los hechos y circunstancias que rodean las violaciones a los derechos humanos. La reparación involucra permanentemente actos en favor de las víctimas, proporcionales a la gravedad de las violaciones y del perjuicio sufrido. Esta comprenderá restitucion, compensacion, rehabilitacion, satisfaccion y garantias de no repeticion9. En el caso colombiano, la apuesta radical debería ser por una convergencia entre reparación material y reparación simbólica.
Ahora bien, dado que no existe “una memoria, una visión y una interpretación únicas del pasado, compartidas por toda una sociedad” (Jelin, 2002: 5), ya que la memoria es siempre un campo de lucha política, debe quedar claro que la tesis que estoy defendiendo se centra en concebir la memoria como un dispositivo que genera unos usos y abusos políticos. Por ello, entiendo tres cosas: a. múltiples maneras de recuperar, gestionar, tramitar o lidiar políticamente con el pasado reciente; b. diversos fines y funciones con los que se recupera el pasado; c. constantes tensiones, disputas y luchas que genera entre diversos actores, la recuperación y gestión del pasado. La recuperación involucra tanto unas políticas de la memoria como unas memorias políticas. Esto significa unas “medidas de justicia retroactiva, juicios históricos-políticos, [...] apropiaciones simbólicas de distinto tipo; [pero también] unas formas y narraciones a través de las cuales los que fueron contemporáneos de un periodo construyen el recuerdo de ese pasado político, narran sus experiencias y articulan, de manera polémica, pasado, presente y futuro”10. Así mismo cuando se recupera un pasado, se hace con unos fines políticos y públicos. Estos usos siempre tienen una dobla faceta, pueden ser “buenos” y “malos”, dependiendo de qué pasado se pretenda recuperar y en función de qué presente. Debemos tener en cuenta aquí que se puede recuperar una memoria ejemplar, una memoria sanadora en función de un presente reconciliador; o persistir en una memoria literal, de un pasado que ancla en el resentimiento y que provoca paulatina y sistemáticamente una estirilización de la posibilidad del perdón11.
Finalmente, la memoria, al igual que lo es la verdad, la justicia, la reparación, no son terrenos neutrales de discusión, sino escenarios de litigio político, de disenso12. Es decir, siguiendo a Elizabeth Jelin, lo político y lo público de estos dispositivos está representado en que producen y generan un espacio y unas prácticas de disputa entre “actores sociales diversos con diferentes vinculaciones con la experiencia pasada” los cuales “pugnan por afirmar la legitimidad de ´su verdad´”13. Estos actores luchan básicamente por el poder. Uno de los actores con mayor fuerza en el espacio de disputa son los agentes estatales “que tienen un papel y un peso central para establecer y elaborar la historia / memoria oficial”14. Otros son los “expertos en violencia” (para el caso colombiano) que pueden construir narrativas oficiales sobre los hechos ocurridos. Además están las víctimas las cuales buscan mantener vivas unas memorias subalternas, no hegemónicas, que reclaman por ser escuchadas, defendidas, no silenciadas. De hecho, deberíamos decir que los actores en disputa pueden ser muchísimos más, solo mencionamos aquí algunos. La búsqueda de claves interpretativas y empíricas sobre la memoria, la justicia, la verdad y la reparación como dispositivos de lucha política debería entonces conducirnos a reflexionar mejor a los investigador sobre ese proceso paradigmático que es justicia y paz.
1Huyssen, Andreas. (2002). En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica; p. 17 – 18.
2Cfr. Augé, Marc. (2000), Las formas del olvido, Madrid, Gedisa; Nora, Pierre. (2001), “Entre Mémoire et Histoire”, en Pierre Nora (ed.), Les lieux de mémoire, t. 1, La République, 2e éd., Paris, Gallimard, p. 23-43; Ricoeur, Paul. (2004), La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica; Todorov, Tzvetan. (2000), Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidós.
3A propósito del balance de los 10 años del informe Guatemala: Memoria del Silencio producido por la Comisión de Esclarecimiento Histórico en 1999. Véase Impunity Watch y Convergencia por los Derechos Humanos. 2009. La persistencia de la Verdad: A diez años del informe de la CEH. Guatemala: Impunity Watch. Especialmente el cuestionamiento que existe desde ciertos sectores “radicales” de derecha sobre lo consignado en el informe.
4Jelin, Elizabeth. 2002. Los Trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI.
5Jelin, E. Op. Cit.
6Naciones Unidas, Consejo Económico y Social, Comision de Derechos Humanos. 1996. "Informe del relator especial Theo Van Boven, Proyecto de Principios y Directrices Basicos sobre el Derecho de las Víctimas de Violaciones Graves de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario a Obtener Reparacion"; pp. 64-65.
7Ver Joinet, "Conjunto dc principios para la proteccion y promocion de los DDUn", p. 32.
8Uprimny, Rodrigo y Safón, María Paula. 2006. ¿Justicia Transicional sin transición? Bogotá: DJS. Fundación Social.
9Uprimny, Rodrigo y Safón, María Paula. Op. Cit.
10Rabotnikof, Nora. 2007. “Memoria y política a treinta años del golpe” En Clara E. Lida, Horacio Crespo y Pablo Yankelevich (comp.) Argentina, 1976. Estudios en torno al golpe de Estado. México: El Colegio de México; p. p 260 – 261.
11Todorov, T. Op. Cit.
12 Utilizo esta noción a partir de un lectura libre de Ranciere, Jacques. 2006. Política, Policía y Democracia. Santiago de Chile: Lom.
13Jelin, Elizabeth. 2002. Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI; p. 40.
14Jelin, Op. Cit; p. 40.

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