miércoles, 26 de agosto de 2009

El giro cultural y político hacia el pasado


A los ya conocidos giros teóricos y metodológicos de mediados del siglo XX en las ciencias sociales (pensemos por ejemplo, en el giro lingüístico y en el giro interpretativo, con sus enormes consecuencias hasta el día de hoy en la producción de conocimiento social) debemos agregar uno nuevo, propio del último cuarto del siglo XX, un “giro hacia el pasado”. Por ahora diré, siguiendo a Andreas Huyssen1 -el autor que ha provocado dicha afirmación - que este giro se caracteriza por una especial preocupación cultural y política por la memoria en las sociedades occidentales (2002).
Ahora bien, trataré en lo posible de dar cuenta de esa preocupación, preguntándome por ¿cuáles son las principales características de este giro?, ¿qué tipo de pasado o pasados se buscan legitimar?, ¿qué papel asume la memoria en el mismo?, ¿cuáles son las implicaciones culturales y políticas para las sociedades occidentales donde se ha vivido con mayor intensidad? y, finalmente ¿qué nos dice a nosotros los latinoamericanos con pasados y presentes sociales violentos, no debidamente tramitados?
Una de las características centrales de este giro es que surge en un ambiente político y social marcado por la desconfianza, sospecha y crisis ante los grandes metarrelatos culturales y teóricos que habían sido propios del modernismo futurista y de una modernidad con pretensiones homogeneizantes y universalistas. Inicialmente es un giro cultural hacia el pasado que emerge bajo la impronta de la “recodificación del pasado”, pero poco a poco va tornándose también en un giro político, porque no se trata de recuperar cualquier pasado, sino de un pasado silenciado, que hace emerger la culpa histórica.
Entre las consecuencias más sentidas de ese proceso nos encontramos con que comienza a recodificarse el sentido de la colonización europea en África y Asia, así como el pasado del holocausto. Este último, siguiendo a Huyssen, se siente con particular énfasis para nosotros a través de la emergencia de las “memorias holocausticas”, como un “discurso global”, como un “tropos universal del trauma histórico”. (2002: 17). Es decir, el holocausto se convierte en un “poderoso prisma a través del cual podemos percibir otros genocidios” (2002: 18).
Sin embargo, la memoria va más allá de este “tropos universal” dimensionándose en nuevas formas. Huyssen muestra entonces cómo la memoria ha pasado a representar también un “objeto de marketing”, una “pieza de museo”. Asistimos a una especie de “obsesión cultural” por la musealización de la memoria. Proceso que a su vez está también acompañado de una mediatización comercial de la misma. Pero ese “boom mediático” lleva también una enorme paradoja. Se recupera el pasado, pero también se celebra la amnesia. Se recupera una memoria imaginada, una memoria que se comercializa a gran escala, una memoria que se digitaliza, pero a costa también de la memoria vivida. Se recupera una memoria presentista, en función siempre de un presente inmediato.
No obstante también asistimos a un momento histórico en el que resulta imposible recuperar y discutir la memoria personal o pública sin “contemplar la enorme influencia de los nuevos medios como vehículos de toda forma de memoria” (2002: 25). Esa mediatización desde luego tiene un tinte ideológico, puesto que “los medios no transportan la memoria pública con inocencia: la configuran en su estructura y en su forma mismas” (2002: 27).
Llegados a este momento es importante traer de nuevo a cuento una de las preguntas que formulamos arriba, alrededor de las implicaciones políticas y culturales de este giro, para las sociedades occidentales actuales. Podemos sostener que el giro occidental hacia la memoria lleva implícito una especie de “antídoto” ante el miedo y el riesgo de olvidar. Pareciera ser que Europa y Norteamérica, según las mismas palabras de Huyssen, estuvieran invocando cada vez más el pasado como “un baluarte que […] les defienda del miedo a que las cosas devengan obsoletas y desaparezcan, un baluarte que les proteja de la profunda angustia que genera la velocidad del cambio y los horizontes del tiempo y espacio cada vez más estrecho” (2002: 32). Una memoria muralla que les proteja ante la indiferencia por las cosas importantes y que les permita curar las heridas que esa indiferencia produce.
Esta memoria baluarte puede estar desencadenando en estas mismas sociedades, la fabricación de una “ilusión”, de un cierto pasado que se invoca con añoranza, una especie de “pasado reciclado” que al recuperarse entretiene pero que no dota de seguridad ontológica alguna. Aquí me parece importante sumar a la reflexión de Huyssen lo que menciona Zygmunt Bauman respecto a lo que él llama una “modernidad liquida”, una en la que el hombre contemporáneo parece encontrarse con otros sólo para “compartir intimidades”. En una sociedad de este tipo la búsqueda por la memoria no sería más que un antídoto para conjurar la fragilidad y fugacidad de los lazos, pero a lo sumo a partir de la construcción de “comunidades de preocupaciones compartidas, ansiedades compartidas u odios compartidos, pero en todo caso comunidades perchero” (2000: 42).
Y a todas estas ¿cuál es la implicación para las sociedades latinoamericanas de este giro? Más allá de que la apuesta de Huyssen por comprender la riqueza de este giro cultural y político es realmente importante, considero significativo enfatizar que en Latinoamérica la apuesta por la memoria, mejor aún por las memorias, es un asunto de índole política. No se trata sólo de la recuperación de cualquier pasado, sino de pasados traumáticos producidos por formas variadas de violencia, de conflicto interno, de exclusión y marginación. Pasados que al día de hoy no se han tramitado debidamente. Pasados presentes de víctimas de genocidio, de masacres, de olvido sistemático en nuestras democracias inconclusas. Pasados que además se conjugan en memorias locales, femeninas, comunidades étnicas, sólo por mencionar algunas.
Para latinoamérica, se trata de la tramitación de unas memorias que no pueden ser reducidas a piezas de museo, comercializadas o exhibidas. El giro hacia el pasado, hacia la recuperación del pasado es a la vez que una terapia preventiva y sanadora en tiempos de oscuridad y violencia (Larrión, 2008: 79), una apuesta también por hacer de nuestras democracias espacios para la verdad, la justicia y la reparación con las víctimas que esas democracias se niegan a reconocer.
Referencias Bibliográficas
- Huyssen, Andreas. 2002. En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempo de globalización. México: F.C.E (Cap. 1. Pretéritos presentes. Medios, Política, Amnesia; pp. 13- 40)
- Bauman, Zygmunt, 2000. Modernidad Líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica
- Larrión Cartujo, Jósean. 2008. “El orden de la desmemoria. La condición social de la memoria fragmentada, las memorias combativas y la ignorancia de nuestro tiempo pasado”. En: Revista Anthropos. 2008.
- Maurice Halbwachs. La memoria colectiva, una categoría innovadora de la sociología actual. No. 218. Barcelona; p. p; 68 – 84.
1 Profesor de literatura alemana y literatura comparada de la Universidad de Columbia. Su trabajo intelectual ha sido influyente en la revisión de nociones como modernismo, posmodernismo, memoria cultural, trauma histórico, archivo, cultura, globalización, entre otras. Además del libro que mencionamos en esta exposición, se encuentra también Después de la Gran División: Modernismo, Cultura de Masas y Posmodernismo (1986).

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